Ojos bien abiertos

Ojos bien abiertos

Por Juan Pablo Neyret

Existía un momento en el desarrollo de las tragedias helénicas llamado anagnórisis, que en griego significa reconocimiento. En ese instante, el personaje se daba cuenta de una vez y para siempre de quién era, conocía —dijera Jorge Luis Borges— su secreta cifra. El ejemplo más conocido es Edipo, quien en ese momento se arrancaba los ojos. Ya siglos atrás, siempre en la Hélade, el filósofo Demócrito de Abdera se vació las órbitas oculares para poder pensar sin distraerse con las sensaciones cotidianas.

Paradójicamente, en la Argentina (y la Latinoamérica) de finales del siglo XX y comienzos del XXI, para reconocerse hay que tener los ojos bien abiertos. Y los sentidos también. Los niños apropiados por los genocidas de la dictadura militar así como los nacidos en cautiverio en los campos de concentración son los desaparecidos que están vivos. Y necesitan conocerse, reconocerse.

Y para ello, la mayoría sólo dispone de una foto. Aquella foto tomada a la edad en que, al decir del chileno Pedro Lemebel, «nadie tiene un rostro fijo, nadie posee un rostro recordable, porque en esos primeros meses, la vida no ha cicatrizado los rasgos personales que definen la máscara civil». Y agrega el cronista santiaguino: «A esa edad, todas las guaguas se parecen, todas hacen pucheros y se ríen sin vergüenza frente a una cámara fotográfica. Ninguna sabe entonces que su carita de manzana, mostrando las encías despobladas, es la última visión que se tendrá de ellas, el único documento en blanco y negro donde aparece y desaparece la nena, tan diminuta, tan graciosa y chiquitita, como para cargar en su frágil cuerpo la banda fúnebre que encinta el álbum familiar de América Latina».

Las fotografías han sido durante el último cuarto de siglo el carnet de identidad de los desaparecidos, el Documento Nacional que portaron y portan sus Madres y sus Abuelas para que se los reconozca públicamente. Por eso no es extraño que esta vez los fotógrafos, desde sus propios ojos, nos vuelvan a re-presentar esta historia que, según Charly García, «ya fue escrita tiempo atrás y es necesario contar de nuevo una vez más». Que el inconsciente colectivo registre y se llene de esas imágenes que, cada una a su modo, más testimonial o metafórico, pero siempre directo, aspira a la concreción de la anagnórisis.

«Fotógrafos x la Identidad», iniciativa de Abuelas de Plaza de Mayo y del Centro Cultural «El Séptimo Fuego», viene a llenar ese vacío. ¿Cuál? El que dejaban las tragedias griegas, el que dejó la tragedia argentina, en la mirada de los desaparecidos, los que están y los que no, y los que siempre estuvimos pero tantas veces tuvimos miedo de levantar la vista. Es hora de superar el otro complejo de Edipo, y tener los ojos bien abiertos para reconocer a los que aún falta encontrar, guardar en la retina de nuestra memoria a los que no están pero seguirán estando, y poder, de una vez y para siempre, al mirarlos a ellos, mirarnos en nuestro propio espejo.

 

Biografía

Juan Pablo Neyret

(Mar del Plata, Argentina, 1963)
Licenciado en Letras por la Universidad Nacional de Mar del Plata y estudiante de PhD en Penn State University, Estados Unidos. Ha publicado capítulos de libros, artículos críticos y entrevistas en medios de Argentina, México, Estados Unidos, España, Reino Unido, Alemania y Dinamarca y dictado seminarios y conferencias en Rutgers University (New Jersey), Boston University, University of Texas at Austin y Alamo Community College (San Antonio). Como escritor, ha participado en los volúmenes Colecticia borgesiana (AA.VV., 1985) y El Carli (1998; antología del Premio Municipal de Literatura Osvaldo Soriano – Cuento), así como ha estrenado una obra teatral de su autoría, El Apellido (2003), y tiene otra en preparación, Cautivas.

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