La penúltima amnistía

La penultima amnistia

Por Hernán Invernizzi

Para preparar el terreno del Día de la Memoria, el domingo 23 de marzo La Nación entrevistó al intelectual marroquí Philippe Joseph Salazar, formado en Francia, radicado en Sudáfrica, y otra vez de paso en la Argentina, ahora para promover el lanzamiento de un libro del cual es co-editor. Antes había venido a conocer la ex ESMA y a observar un juicio por delitos de lesa humanidad en la provincia de Mendoza. En esa oportunidad se sintió “muy mal” cuando escuchó “los gritos de euforia y de alegría después de la sentencia. Querían más… La gente pedía más sangre y ahí me dije: esto nunca va a terminar. La sangre llama a la sangre y los hijos de los que son condenados algún día van a pedir venganza”. Cuando un académico con toda una obra y una trayectoria sobre sus espaldas miente o exagera de manera tan escandalosa, en realidad dice una cosa porque quiere transmitir otra. Como los teros.

Es difícil saber si es cierto que “los hijos de los que son condenados algún día van a pedir venganza”.
La historia propone ejemplos divergentes: los japoneses no se vengaron de Hiroshima pero el Imperio Ateniense se vengó de las colonias rebeldes; los judíos no se vengaron de los nazis, pero los gorilas de la Libertadora se vengaron del Primer Peronismo; etc. Los represores de la dictadura deshonraron los cadáveres de sus víctimas y secuestraron a sus hijos, pero sus familiares no se vengaron de ellos: ninguno pidió más o menos sangre…

La tensión entre venganza y justicia tironea a los seres humanos desde siempre. Se supone que nuestras sociedades son un poco mejores cuando tratamos de ser más justos y menos vengativos. No obstante, para Salazar “la justicia es una forma codificada de la venganza”, lo cual parece conducir a un callejón sin salida, porque si la víctima violenta al victimario es venganza, y si reclama y consigue justicia, también. Siempre gana la venganza. Para el caso argentino, sería lo mismo reclamar justicia o ejecutar a un genocida por mano propia. Pero no es lo mismo.
En el siglo VI a.C. Esquilo escribió La Orestíada, en la cual versiona el mito de Orestes, que mata a su madre siguiendo el mandato que ordenaba al hijo varón vengar el asesinato de su padre. La madre había matado al padre y el hijo, en consecuencia, la mata, lo cual pone en acción a las Erinias, diosas implacables que se dedicaban a castigar los crímenes imperdonables. Acorralan al joven en el templo de Atenea y cuando lo están por apresar, el dios Apolo se interpone impidiendo que concreten una venganza que para ellas era razonable. Entonces interviene Atenea, escucha a las partes, concluye que ni siquiera ella podía resolver el problema y decide algo que cambió buena parte de la historia: ordena la creación de un tribunal.
El juicio termina en un empate entre los jueces y Atenea desempata a favor de Orestes. Desde entonces, ante el empate (ante la duda) la sentencia beneficia al acusado. A través de una obra de teatro, los griegos intentaron testimoniar que habían hecho algo bueno: la creación de los tribunales le ponía límites a la venganza tradicional. Pero según el entrevistado marroquí, no se avanzó nada: la justicia es venganza y la venganza es mala.

Parecería que estamos frente a un filósofo pesimista, pero en realidad es un político que tiene un as en la manga. Y nos dice que todo este problema tiene solución: la política. No se debería aplicar la justicia penal a las relaciones políticas, subraya, porque éstas son de una naturaleza diferente: “Eso es lo que Sudáfrica ha comprendido, que esos crímenes fueron cometidos en situaciones políticas”. Sobre esa base organizaron un trueque: información a cambio de perdón. Según Salazar, “el resultado fue extraordinario”, porque quienes habían cometido crímenes, se presentaron ante las familias de las víctimas para quitarse eso de la conciencia. Para darle forma aprobaron una ley de amnistía según la cual no era “necesario que el criminal se arrepienta”; bastaba con que contara todo. Gracias a eso, celebra el filósofo, los sudafricanos “no quieren más hablar del pasado”. De donde se concluye que “el trabajo de la memoria es antipolítico, porque impide avanzar”. Y lógicamente, sobre esa base, la entrevista concluye que los lugares de la memoria, como la ex ESMA, son un grave error y que en la Argentina “los jóvenes están hundidos y aprisionados en el pasado”.

Así se entiende por qué La Nación lo entrevistó para su edición del 23 de marzo, justo antes del Día Nacional de la Memoria: cada vez que el diario habla de “reconciliación”, “superar el pasado”, etc., debe leerse “amnistía”. La idea es siempre la misma: dos demonios, excesos, reconciliación. Si el día de mañana algún genocida diera a conocer el listado de pongamos 500 niños apropiados con sus respectivas familias apropiadoras, insistirán: “Fue un exceso, pero ahora que estos jóvenes saben que fueron apropiadas, llegó la hora de reconciliarse”.
En el siglo V a.C., Trasíbulo, un político ateniense, promovió la primera ley de amnistía conocida en Occidente. En griego la palabra significa “sin memoria”, o sea, la “ley del olvido”, y disponía que los atenienses no podían ser molestados por sus actos políticos pasados.

Argentina tiene una colección de Trasíbulos, políticos que creen que se puede administrar la memoria por decreto. A partir de la Asamblea del Año 1813 se sucedieron más de 20 leyes de olvido. En 1905 Hipólito Irigoyen y sus radicales se alzaron contra los gobiernos fraudulentos y al año siguiente el Congreso dictó una amnistía general (ley 4.939). Durante el debate en la Cámara de Diputados señaló el ex presidente Carlos Pellegrini: “Se pretende que ésta es una ley de olvido que va a restablecer la calma de la situación política y a fundar la paz en nuestra vida pública. No es cierto. Ni los acusados ni los acusadores, ni ellos ni nosotros, hemos olvidado nada… Lo único que se ha olvidado y se olvida son las lecciones de nuestra historia, de nuestra triste experiencia. Se olvida que ésta es la quinta ley de amnistía que se dicta en pocos años y que los hechos se suceden con una regularidad dolorosa: la rebelión, la represión, el perdón. Y está en la conciencia de todos que esta amnistía, que se supone ser la última, no será la última; será muy pronto, tal vez, la penúltima. ¿Y por que, señor presidente? Porque las causas que producen estos hechos subsisten, y no sólo subsisten en toda su integridad, sino que se agravan cada día”.

A pesar de la experiencia, todavía hay quienes pretenden una administración política de la memoria. Olvidar por decreto. Amnistiar por conveniencia. El perdón oportunista. No obstante, todas las amnistías argentinas fueron la penúltima amnistía. Y ahora que se prueba el inédito recurso de hacer justicia, hay quienes calculan que cuando terminen los juicios (algún día van a terminar) habrá llegado el momento de proponer la nueva penúltima amnistía argentina.

Extraído de Miradas al Sur

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