Descansar en paz

Bernardo Kordon

Por Bernardo Kordon

José Enrique no dormía; hacía dos años que no dormía de noche. Se acostaban postrados y callados en cama aparte, también desde hacía dos años: desde ese día que devolvieron el cuerpo de Carlos.

– Alguien abrió el portoncito y viene por el jardín -constató el hombre. La mujer, que parecía dormir pesadamente, abrió los ojos y se incorporó en la cama. Apoyada en el codo izquierdo se compuso el escote del camisón con la diestra, como si aguardara la visita de algún extraño.
Debe ser el inspector -arrastró con voz cansada. Como si dijese: todo sigue igual. Afuera avanzaba la mañana de un día caluroso. Alguien golpeó en la puerta.
Adelante -dijo la mujer.

Entro el inspector. Pese a que el día se iniciaba singularmente bochornoso, vestía con toda minuciosidad. Traje gris oscuro, casi negro, como si fuese a un entierro, el saco abotonado, la corbata gris aprisionada por un sujetador dorado. Transpiraba, claro que transpiraba copiosamente en la mañana calurosa. Claramente se veía que venía caminando desde lejos, para mayor precisión desde la comisaría de San Cristóbal. Sus superiores no le facilitaban transporte alguno, pero en cambio se preocupaban de su indumentaria, que fijaron correctísima y tirando a duelo, cuanto más luto mejor.

Pues esa inspección no consistía en ninguna frivolidad, no señor, de ningún modo, sino que se trataba de una verdadera acción de guerra, cumplida con todo el rigor de una operación militar. Tal rigor no desmerecía en nada al sentimiento de respeto que se debe a un muerto. ¡No faltaba más! Un muerto merecerá siempre el debido respeto por parte de una sociedad cristiana, y nadie podrá negar su condición de tal a la República Argentina. Un difunto –no importan sus opiniones políticas- merece aquí el máximo de reverencia y preocupación por parte de las autoridades competentes. Por tal causa el inspector, correctamente trajeado, enfilaba cada quince días rumbo a la quinta de la familia Berotivar. La perra ya no se molestaba en ladrar: no era ningún desconocido, sino un allegado a la casa, recibido como amigo. La mujer se ponía la bata, se anudaba el cinturón. El inspector ya había abierto la puerta al sentir el «adelante» y apenas saludaba con un simple movimiento de cabeza al hombre postrado en la cama. Al final se cumplía como con desgano un libreto tan loco que nadie podía suponer fraguado por algún ser pensante.

La mujer y el inspector marcharon silenciosos en dirección a un cuarto de reciente construcción, blanqueado con cal, a modo de un depósito de herramientas. Allí guardaban, con un par de carretillas y una cortadora de césped, un ataúd debidamente soldado. En un amanecer lo habían entregado en una ambulancia con el cuerpo de Carlos, el hijo mayor del matrimonio. Fue casi al cumplirse un año de la desaparición del hijo. Ese ataúd no se abrió nunca. Imposible saber en qué condiciones se encontraba el cadáver, ni el tiempo que llevaba en el ataúd. Lo dejaron en la casa, asegurando que era el cadáver de Carlos. ¿Acaso no lo reclamaban insistentemente en las comisarías, en los juzgados, en todas partes? Pues ahí estaba. Ya no tenían ningún motivo para proseguir las investigaciones y reclamos en la provincia de Santa Fe. Nadie puede molestarse en pedir el habeas corpus para un cadáver a un año de su muerte, y no cabía duda sobre el contenido del ataúd. ¿Con qué razón mentirles? Seguramente se justificaban los ocultamientos mientras Carlos estuvo vivo. ¿Pero ahora? Venía el inspector para comprobar que todo seguía igual. A saber: un cadáver silencioso, en medio de una familia igualmente silenciosa. Todo debidamente detenido en el tiempo: sin acta de defunción no se podía enterrar al muerto. El inspector comprobaba que todo seguía igual, conforme lo determinado por la superioridad. Las palabras pueden no ver las cosas y la gente, pero ninguna palabra era permitida aquí: todo seguía igual.

Hasta que tiempo después, esa mujer escribió a su hermana:

«San Cristóbal, 15/12/85.

Querida Coca:

Nos acercamos ahora a fin de año y nos sentimos tristes. Parece que en estas fechas se agudiza más el dolor, son muchos los que se fueron.

Nosotros estuvimos muy preocupados con el asunto de Carlitos y yo quería resolver esto antes de fin de año. Por aquello de empezar un nuevo año, porque éste que termina fue realmente insoportable. De continuar prefería matarme, nunca te lo quise contar, pero lo tenía resuelto.

Parece mentira, pero los restos de Carlitos no se podían enterrar en ninguna parte y tampoco podíamos tenerlo indefinidamente en casa. Tuvimos que hacer varios viajes a Santa Fe a fin de conseguir el certificado de defunción por el juez que intervino en la causa, pero fue imposible conseguirlo, requisito que se necesitaba para que Carlitos descansara tranquilo al fin. Realmente ante la última negativa no sabíamos qué hacer. Simplemente nos prohibían hablar de la muerte de Carlitos, pero lo teníamos bien muerto en casa, en al ataúd donde lo trajeron, avisándonos que no debíamos abrirlo, e igualmente que no podíamos enterrarlo. No sabíamos qué hacer. Finalmente con una angustia tremenda pedí hablar con el director del cementerio de Santa Fe. Parece ser que éste se conmovió, también él me dijo que eso no podía hacerse, pero frente a nuestra desesperación resolvió extendernos una orden de cremación. Así que ahora sus cenizas están debajo de los pinos, lugar que él quería y del que solía decir: «me gustaría quedarme siempre aquí». Jamás pensé que yo misma iba a enterrar a un hijo, cuando debía ser lo contrario. Te diré que tuve más coraje que José Enrique, quien se alejó en el momento de abrir la urna con la ceniza. Con emoción, pero con seguridad, lo fui colocando en un pequeño hoyo que preparó José Enrique. Nos acompañó una amiga que queremos mucho. Sembré semillas de flores en esa tierra removida, pensando que Carlitos será una flor más, como lo fue en su vida.

En verdad estoy más tranquila. Nome devolvieron vivo a mi hijo, pero finalmente me dejaron enterrarlo. Y además tranquila porque ya no espero ver más al inspector. Venía cada dos semanas, para comprobar que el ataúd seguía en su lugar. Veía y se iba a dar cuenta a sus superiores. Ese día, después del entierro de las cenizas, le dije que era mucha crueldad eso que habían hecho: que una madre conservara el cadáver del hijo. Demasiada crueldad, que se lo dijera a sus superiores. El tipo me escuchó y respondió: una madre, es cierto, pero de un hijo subversivo, no lo olvide, señora. ¿Por qué no lo cuidó antes?

¿Te digo la verdad Coca? No supe qué contestarle. Justo cuando iba a gritar todo eso que aguantaba tanto tiempo aquí dentro. Me callé enseguida. Ahora pienso que eso es lo que buscan. Que nos callemos. Carlos hablaba y lo mataron y dejó de hablar., Por eso lo trajeron dentro del cajón y desde entonces está callado Carlos y nosotros también. Madre de un subversivo, me dijo el inspector y me hizo callar. Algún día, quizás. Algún día volveremos a hablar.»

 

Biografía

Bernardo Kordon

(Buenos Aires, 1915 – 2002)

Fue uno de los renovadores de la narrativa rioplatense. Su mejor obra, inscripta en la mejor tradición del realismo, se distingue por su particular captación de la marginalidad y de la experiencia del viaje. Publicó, entre otros libros, Un horizonte de cemento (1940), Reina del Plata (1946), Domingo en el río (1960) y A punto de reventar (1971). Algunos de sus relatos más conocidos, como «Alias Gardelito» y «Los ojos de Celina», fueron llevados al cine. «Descansar en paz», incluido en Los que se fueron (1984), fue uno de los primero relatos en incorporar la temática de los desaparecidos durante la dictadura militar. La ficción se basa aquí en un episodio real, el de Elena Belmont, integrante de las Madres de la Plaza 25 de Mayo, de Rosario.

También te podría gustar...